Currilla Vazquez


Es entrañable recordar ¿verdad?
He querido compartir con vosotros tantos y tantos
preciosos recuerdos de mi niñez, que me llenan
de ternura el corazón.

Traductor


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Blanca Nieves Y Los Siete Enanitos

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Hansel Y Gretel

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Melisa

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23 de junio de 2009

Melisa


Hace mucho, muchísimo tiempo......
En una tierra salvaje y peligrosa vivía un
hombre con su mujer, que anhelaban tener un hijo
y esperaban con paciencia año tras año.
Un día, por fin, la mujer anunció a su marido
que iba a tener un bebé.
El matrimonio vivía al lado de un hermoso jardín
rodeado de un muro muy alto.
El jardín era de una bruja malvada.
Nunca se había atrevido nadie a entrar en él,
por temor de que la bruja los hechizara.
Una ventana de la casa del matrimonio
daba al jardín de la bruja, y la mujer solía asomarse
para contemplar las maravillosas hierbas
y los árboles con flores de poderes mágicos.
Un día la mujer enfermó.
Tuvo que guardar cama y perdió el apetito.
Todos los días, su marido le traía manjares
deliciosos, pero ella ni siquiera los tocaba.
-Por favor -le pidió-, dime qué puedo darte.
Debe haber algo que pueda curarte.
-Tráeme un poco de esa hierba llamada melisa
que crece en el jardín de la bruja -susurró ella-.
Eso hará que me ponga bien.
El marido tenía mucho miedo, pero estaba
dispuesto a cualquier cosa para que sanara.
"La vieja bruja no me hará nada malo", pensó
Esperó la caída de la noche y trepó por el
muro para entrar en el jardín de la bruja.
Con el corazón encogido, miró alrededor.
No había nadie.
Encontró la melisa, arrancó una brizna
y volvió corriendo a su casa.
Su mujer se sintió mucho mejor después de
comer la hierba, pero al día siguiente quiso más.
-Por favor -imploró a su marido-.
Si no me traes más melisa, moriré.
Así que esa noche, muy tarde, su marido
volvió a franquear el muro del jardín.
Justo cuando arrancaba la hierba, apareció
la bruja: -¡Ladrón! -chilló-. Maldito seas!
¡Como te atreves a venir a mi jardín a robarme!
-Perdóname -suplicó el hombre-.
Mi esposa está muy enferma y morirá
si no le llevo esta hierba.
-Muy bien, puedes llevártela, pero con una
condición: A cambio de la melisa,
deberás darme tu primer hijo.
El hombre estaba tan desesperado que accedió,
y volvió corriendo junto a su mujer.
Algunos meses más tarde, el matrimonio tuvo
una preciosa, y hermosa niña.
El mismísimo día en que nació, apareció
la bruja para llevársela.
Ellos le imploraron que les dejara su hija, pero
la bruja no les hizo caso.
-La llamaré Melisa -se burló cruelmente.
Recogió el bebé en su capa y se lo llevó.
Melisa creció y se transformó en una hermosa niña.
Tenía unos ojos color violeta y una cabellera de oro,
muy larga, que llevaba recogida en una gruesa trenza.
Al cumplir doce años, la bruja se la llevó a un bosque
oscuro y sombrío y la encerró en una torre muy alta.
No tenía puerta ni escaleras, sólo una ventana
muy pequeña en lo más alto.
Melisa estaba aislada del mundo.
La única persona a la que veía era a la vieja bruja,
que iba a visitarla todos los días, para llevarle comida.
Se detenía bajo la torre y la llamaba:
-¡Melisa, Melisa, tírame la trenza!
Entonces Melisa soltaba su trenza y se la arrojaba
a la bruja, por la ventana, que trepaba por ella
utilizándola como una cuerda.
Un día, un príncipe que cabalgaba por el bosque
se perdió y pasó junto a la torre de Melisa.
La oyó cantar; solía hacerlo para no sentirse sola.
El príncipe jamás había oído una voz tan dulce.
Buscó la puerta de la torre, pero no la encontró.
Se marchó, pero volvió día, tras día.
Se sentía atraído por aquella voz.
Un día, mientras el príncipe estaba
escuchando, vino la bruja:
-¡Melisa, Melisa, tírame la trenza! -gritó la bruja.
El príncipe vio caer la trenza de la muchacha y cómo
la bruja subía por ella a la torre.
"Así que esto es lo que debo hacer para saber
quién canta", pensó el príncipe.
Esa noche regresó a la torre.
-¡Melisa, Melisa, tírame la trenza!
El príncipe se apresuró a subir y entró en la torre.
Melisa jamás había visto a un hombre.
Se asustó mucho y retrocedió.
-¿Quién eres? -preguntó, temblorosa.
-No tengas miedo -dijo suavemente el príncipe.
Se enamoró de ella en el mismo momento en que
la vio y le contó cómo había ido a escucharla
cantar, día, tras día.
Poco a poco, Melisa dejó de tener miedo.
-Cásate conmigo y deja esta horrible prisión.
El príncipe era joven y guapo, y a Melisa le gustó.
-Me encantaría -dijo-, pero......
¿Como conseguiré escapar de la torre?
Tú puedes bajar por mi trenza, pero yo no
tengo como bajar.
-Ven a verme todas las noches, y tráeme un poco
de hilo de seda, lo trenzaré y haré una cuerda.
Cuando esté terminada, podremos escapar juntos.
Y cada día ella trenzaba con el hilo que él le llevaba.
La bruja no se dio cuenta de nada.
Un día, cuando la bruja trepó por la ventana,
Melisa le dijo, sin pensarlo:
-Eres mucho más pesada que el príncipe.
-¡Malvada! -gritó la bruja-.
Creí que te tenía bien guardada.
¡Así que durante todo este tiempo me
has estado engañando!.
Recogió unas tijeras enormes y tomando
la trenza de Melisa, se la cortó.
-Ahora, desagradecida, verás lo que puedes hacer
sin mí -chilló la bruja.
Voló con melisa a un valle solitario y la abandonó
allí, sola y sin recursos.
Más tarde, al caer la noche, la bruja volvió a la
torre a esperar al príncipe.
Después de un rato, le oyó gritar:
¡-Melisa, Melisa, tírame la trenza!
La bruja ató la trenza de Melisa a una silla pesada,
y se la arrojó al príncipe.
Este trepó rápidamente, pero al llegar arriba
descubrió que quien le recibía, era la bruja.
-¡Se ha ido! ¡La muchacha se ha ido!
-Cacareó la bruja-. Tu pajarito cantor ha volado.
Jamás volverás a verla.
Entonces arrojó al príncipe por la ventana.
El joven cayó entre los arbustos; las afiladas
espinas le arañaron los ojos y le cegaron.
Tambaleándose, se alejó por entre los árboles.
Durante muchos años el príncipe vagó, ciego
y triste, por los bosques y montañas.
Quería buscar a Melisa, pero.....
¿Como hacerlo, si no podía ver?
Preguntó por ella, pero nadie había visto a
una hermosa joven de ojos violeta
y cabello corto y dorado.
Un día llegó a un valle, un lugar muy solitario,
pero oyó que alguien cantaba.
-¡Conozco esa voz! -exclamó-.
¡Es mi amor! ¡Mi Melisa!.
Siguió la dirección de la voz y allí, por fin, la encontró.
El príncipe estaba flaco y harapiento, pero Melisa
lo reconoció enseguida.
Le rodeó el cuello con los brazos y lloró de alegría.
Sus lágrimas cálidas cayeron sobre los ojos
del príncipe, y en pocos segundos éste
recuperó la vista.
El joven volvió con Melisa a su reino.
Se casaron, y el matrimonio fue tan feliz, que la
buena nueva se extendió por todo el reino.
Cuando los padres de la joven oyeron hablar de la
hermosa Princesa Melisa, supieron que su hija
estaba bien y que era muy feliz.
Se sintieron los padres más orgullosos del mundo.

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