
Erase una vez una princesa que vivía en un país muy
frio, donde las nevadas montañas casi tocaban el cielo
y los ríos brillaban como el collar de plata que
los reyes habían regalado a la princesa.
El rey y la reina amaban mucho a su hija, y en sus
cumpleaños la colmaban siempre de esplendidos regalos.
Pero llegó el día en que no sabían ya qué regalarle.
-Otro rubí -dijo contrariada la princesa
al abril un paquete-. ¡Si ya tengo tres!
Llevaos esas perlas, tengo suficientes.
-Ya no sabemos qué regalarte, hija mía -se lamentó el rey.
-Quiero las joyas más bellas del universo.
No volveré a celebrar más cumpleaños
hasta que me las consigáis.
Y dicho esto, se fue a acostar, sin probar siquiera
la tarta en forma de iceberg que le habían preparado.
Aquella noche, cuando la princesa dormía, el viento
del Norte empezó a soplar en su habitación,
situada en lo alto del palacio.
Sopló con tal energía, que las espesas nubes se
disiparon y las estrellas iluminaron su alcoba.
La princesa creyó que era de día y
se incorporó en la cama.
El viento de Norte susurró:
-Acércate a la ventana y te daré las joyas
más bellas del universo.
La princesa corrió a la ventana y miró al cielo,
donde millares de estrellas parpadeaban.
-¡Qué hermosas son! ¡Ojalá pudiera alcanzarlas!
-Ponte la capa y los zapatos y sígueme.
La princesa le siguió escaleras abajo, cruzó las
puertas de palacio y subió la ladera de la
montaña más alta del reino.
Hacía mucho frio y la princesa tenía los pies
y las manos helados, pues el viento
levantaba los faldones de su capa.
A medida que subía, las estrellas parecían alejarse
más y más, como si se mofaran de ella.
La princesa exclamó:
-Debe haber un medio más sencillo de alcanzarlas.
-Mira hacia abajo. -Dijo el viento
La princesa miró hacia abajo y contempló atónita
unas estrellas que brillaban a sus pies.
-¡Quiero alcanzarlas!
De pronto comenzó a deslizarse por la montaña,
desgarrándose la capa e hiriéndose sus manos.
Ella ignoraba que el viento del Norte había
congelado con su aliento el lago a los pies de la
montaña, y que lo que veía no era sino el reflejo
de las estrellas que brillaban en el firmamento.
Al llegar abajo, corrió hasta el lago y alargó la
mano para asir la estrella más cercana, pero
se llevó una gran desilusión.
El viento del Norte comenzó a soplar tan fuerte que
os pinos se estremecieron y la nieve que cubría sus
ramas cayó sobre la princesa, que intentó abrigarse
con su capa, pero ésta estaba hecha jirones.
-¡Que estúpida he sido al creer que podría
alcanzar las estrellas!
Como castigo, heme aquí, aterida de frio y
a muchos kilómetros de mi casa.
Y al recordar la princesa su cálido lecho, la tarta
de cumpleaños que no se había dignado probar y lo
bondadosos que eran sus padres, tres lágrimas
rodaron por sus mejillas y se quedaron
suspendidas de su collar de plata.
Súbitamente, las ramas de los pinos cesaron
de temblar y se hizo calma.
Entonces un joven apareció junto a la princesa
y señaló las lagrimas -verde, púrpura y azul-
que pendían de su collar y resplandecían.
-Mi padre, el viento del Norte, te ha
enseñado que no debes ser egoísta.
Yo soy el príncipe del viento de Norte, y te
ofrezco las gemas más bellas del mundo.
Entonces tomó a la princesa de la mano y la
condujo a palacio, donde con gran alegría
festejaron su regreso.
* * * * * * * * * * * * * * * * *
frio, donde las nevadas montañas casi tocaban el cielo
y los ríos brillaban como el collar de plata que
los reyes habían regalado a la princesa.
El rey y la reina amaban mucho a su hija, y en sus
cumpleaños la colmaban siempre de esplendidos regalos.
Pero llegó el día en que no sabían ya qué regalarle.
-Otro rubí -dijo contrariada la princesa
al abril un paquete-. ¡Si ya tengo tres!
Llevaos esas perlas, tengo suficientes.
-Ya no sabemos qué regalarte, hija mía -se lamentó el rey.
-Quiero las joyas más bellas del universo.
No volveré a celebrar más cumpleaños
hasta que me las consigáis.
Y dicho esto, se fue a acostar, sin probar siquiera
la tarta en forma de iceberg que le habían preparado.
Aquella noche, cuando la princesa dormía, el viento
del Norte empezó a soplar en su habitación,
situada en lo alto del palacio.
Sopló con tal energía, que las espesas nubes se
disiparon y las estrellas iluminaron su alcoba.
La princesa creyó que era de día y
se incorporó en la cama.
El viento de Norte susurró:
-Acércate a la ventana y te daré las joyas
más bellas del universo.
La princesa corrió a la ventana y miró al cielo,
donde millares de estrellas parpadeaban.
-¡Qué hermosas son! ¡Ojalá pudiera alcanzarlas!
-Ponte la capa y los zapatos y sígueme.
La princesa le siguió escaleras abajo, cruzó las
puertas de palacio y subió la ladera de la
montaña más alta del reino.
Hacía mucho frio y la princesa tenía los pies
y las manos helados, pues el viento
levantaba los faldones de su capa.
A medida que subía, las estrellas parecían alejarse
más y más, como si se mofaran de ella.
La princesa exclamó:
-Debe haber un medio más sencillo de alcanzarlas.
-Mira hacia abajo. -Dijo el viento
La princesa miró hacia abajo y contempló atónita
unas estrellas que brillaban a sus pies.
-¡Quiero alcanzarlas!
De pronto comenzó a deslizarse por la montaña,
desgarrándose la capa e hiriéndose sus manos.
Ella ignoraba que el viento del Norte había
congelado con su aliento el lago a los pies de la
montaña, y que lo que veía no era sino el reflejo
de las estrellas que brillaban en el firmamento.
Al llegar abajo, corrió hasta el lago y alargó la
mano para asir la estrella más cercana, pero
se llevó una gran desilusión.
El viento del Norte comenzó a soplar tan fuerte que
os pinos se estremecieron y la nieve que cubría sus
ramas cayó sobre la princesa, que intentó abrigarse
con su capa, pero ésta estaba hecha jirones.
-¡Que estúpida he sido al creer que podría
alcanzar las estrellas!
Como castigo, heme aquí, aterida de frio y
a muchos kilómetros de mi casa.
Y al recordar la princesa su cálido lecho, la tarta
de cumpleaños que no se había dignado probar y lo
bondadosos que eran sus padres, tres lágrimas
rodaron por sus mejillas y se quedaron
suspendidas de su collar de plata.
Súbitamente, las ramas de los pinos cesaron
de temblar y se hizo calma.
Entonces un joven apareció junto a la princesa
y señaló las lagrimas -verde, púrpura y azul-
que pendían de su collar y resplandecían.
-Mi padre, el viento del Norte, te ha
enseñado que no debes ser egoísta.
Yo soy el príncipe del viento de Norte, y te
ofrezco las gemas más bellas del mundo.
Entonces tomó a la princesa de la mano y la
condujo a palacio, donde con gran alegría
festejaron su regreso.
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