Currilla Vazquez


Es entrañable recordar ¿verdad?
He querido compartir con vosotros tantos y tantos
preciosos recuerdos de mi niñez, que me llenan
de ternura el corazón.

Traductor


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Blanca Nieves Y Los Siete Enanitos

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La Bella Y La Bestia

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La Cenicienta

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Hansel Y Gretel

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La Sirenita

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La Bella Durmiente

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Melisa

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La Navidad De Papá Noel

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La Vendedora de Flores Y Mangos

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La Princesa Y El Viento Del Norte

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Hijo del Sol

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Peter Pan

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La Muchacha Guerrera

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Los Tres Deseos

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El Hada Azucena

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El Amor Maternal

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17 de junio de 2009

Hijo Del Sol


Una vieja leyenda cuenta la historia de un hombre



  Y una mujer


que vivían en una islita al oeste de Canada, se
encontraban muy solos, pues no tenían hijos.
Una tarde que el cielo adquirió un color semejante al de
las plumas de las gaviotas, la joven esposa se sentó a la
orilla del mar y miró hacia el horizonte.
"Si tuviéramos hijos, podrían jugar conmigo en la
arena y no me sentiría tan sola", -pensó
Ocurrió que un martín pescador, con sus pequeñuelos,
zambullía su pico en el río que desembocaba en ese lugar.
-¡Oh, martín pescador! -exclamó la joven india-
Desearía tener hijos como tú.
Con gran asombro oyó que el martín pescador respondía:
-¡Mira las caracolas!
¡Mira en el interior de las caracolas!
A la tarde siguiente la joven esposa, volvió a sentarse
en la playa, y fijó su mirada en el mar y vio que una
gaviota se mecía sobre las olas junto a sus pequeños.
-Oh, gaviota! -susurró la joven-
Quisiera tener hijos como tú.
La gaviota respondió:
-¡Mira las caracolas!
¡Mira en el interior de las caracolas!
De repente........... Oyó un llanto tras de sí.
Provenía de una gran caracola depositada en la arena.
La mujer la recogió, miró en su interior y allí vio a un
niño muy pequeño que lloraba desconsoladamente.


Llevó al bebé a su casa y lo cuidó hasta que se
convirtió en un muchachito fuerte y sano.
Un día, el niño dijo a la joven:
Necesito un arco hecho con el brazalete de cobre
que llevas en tu brazo.
La mujer sonrió y, para complacerle, le hizo un
pequeño arco y dos flechas.
Al día siguiente, el niño salió a cazar con su arco.
Cazaba gansos, patos, y todas clases de aves del mar.
Al crecer, el rostro del muchacho fue adquiriendo un
tono más dorado, más brillante aun que el
resplandor de su pequeño arco.
Y cuando se sentaba en la playa, mirando hacia
el mar, todo se serenaba y unas extrañas luces
resplandecían en la superficie del agua.
Un día, una gran tormenta se abatió sobre el
mar y el agua estaba tan agitada que el pescador
no podía salir de su barca.
La tormenta duró varios días y se quedaron
sin pescado para comer.
Entonces el niño dijo:
-Aventúrate en el mar y déjame ir en la barca
contigo, padre:
Quiero conquistar el Espíritu de la tormenta.
El hombre no quería embarcar con el mar tan agitado
pero el muchacho insistió tanto que al final aceptó.
Junto se enfrentaron a la fuerte marejada.
No tuvieron que remar mucho para encontrar al
Espíritu de la tormenta que soplaba y soplaba desde
el suroeste, allí donde habitan los grandes vientos.
El Espíritu de la tormenta soplaba y soplaba como
un monstruo salvaje y zarandeaba la pequeña
embarcación de un lado para otro.
Pero su furia huracanada no lograba hacerla volcar.
El niño la dirigía en medio de las olas y
pronto a su alrededor el mar se calmó.
Entonces el Espíritu de la tormenta llamó a su
amiga la Niebla marina, para que bajara a
esconder el agua; sabía que si la niebla se
extendía, el hombre y el niño estarían perdidos.
Cuando el hombre vio que la niebla se adueñaba
del mar se quedó aterrado:
Pero el niño dijo:
-No te asustes padre.
La niebla no te hará daño mientras yo esté contigo.
Más tarde el Espíritu de la tormenta se marchó
enfadado, y el mar recobró su calma.
Mientras volvían a casa, el niño enseñó a su padre
una canción mágica, y la cantaron a los peces.
Estos al oírla, nadaron hacia las redes.
En unos momentos llenaron la barca de pescado.
-Dime cuál es el secreto de tu poder -dijo el padre.
-Aún no puedo decírtelo -contesto el niño.
Al día siguiente, el muchacho salió con su arco
y sus flechas de cobre y cazó muchos pájaros.
Cuando llegó a casa, los desplumó y los puso a secar.
Luego se vistió con las plumas de un avefría, se
elevó en el aire y voló por encima del mar.
Cuando volvió, el muchacho dijo a su madre:
-Soy el hijo del Sol.


Ahora debo irme para siempre.
Pero me apareceré a menudo ante vosotros, al
oeste del cielo cuando el sol cae sobre el horizonte.
Cuando el cielo y el mar del atardecer tengan el
color dorado de mis rostro, sabréis que al
día siguiente el tiempo será bueno y
no habrá viento ni tormenta.
Y aunque ahora tenga que dejarte, te voy
a otorgar un poder madre.
Lleva puesto este vestido mágico y si me
necesitas para algo, me lo haces saber con sólo
mandarme pequeñas señales blancas que podré
ver desde mi casa del oeste.
El muchacho se marchó, dejado al pescador
y a su mujer muy entristecidos.
Desde aquel día, cuando la mujer se sienta en
la arena y afloja su vestido mágico, el viento se
pone soplar y el mar se agita.
Cuando más lo afloja, más crece la tormenta.
Pero en otoño, cuando la niebla se extiende por
el mar y el cielo se cubre de nubes, ella
recuerda la promesa del niño.
Arranca las finas plumitas blancas de los pechos
de los pájaros y las arroja al viento.
Transformadas en copos de nieve, vuelan
hacia el oeste para llevar un mensaje
al muchacho que le recuerda:
"Hijo del Sol, el mundo está gris y solitario!
¡Déjanos ver tu rostro dorado!
Entonces, antes del anochecer, aparece él y cielo
y mar se cubren de una luz dorada.
Y la gente en la tierra sabe que no habrá
viento al día siguiente y que el tiempo será bueno.
Tal como lo prometió el hijo del sol a su madre.